GENIUS LOCI

(EL ESPÍRITU DEL LUGAR)

ESCRITO POR J.MICHAEL STRACZYNSKI

TRADUCIDO POR ÁNGELES EMA


“Te puedo asegurar, sin vacilar, que yo no estaba intentando, en modo alguno, seducir a la compañera de tu jefe.”

G’Kar decía esto con toda sinceridad y con tal tono de cordialidad natural, que parecía totalmente ajeno a los dos sólidos puños que se cerraban sobre su garganta.

El  guardaespaldas  Kurlin, asignado por su gobierno para evitar indiscreciones con la familia real Kurla – una familia conocida por una historia de indiscreciones tan variadas que dejaban sin aliento y temblando a los historiadores nativos – había visto la mano de G’Kar sobre la rodilla (la tercera rodilla desde la izquierda, para ser más exactos) de la Enfal Kurla (lo que los humanos denominarían princesa) y había actuado en consecuencia.

En defensa de G’Kar, pensó Lyta, el incidente había sido, en verdad, un accidente. Oh, había puesto su mano allí deliberadamente, de eso estaba segura incluso sin escanear sus pensamientos. Pero cuando lo hizo, él no creyó que eso era su rodilla.

Lyta decidió que casi se alegraba de ver a G’Kar de vuelta a su hábitos de conquistador ¿de mujeres? ¿hembras? ¿alienígenas? Desde que se fueron de B5 hacía 6 semanas el alto Narn, que había pasado de guerrero a sacerdote, a figura política y a líder en un exilio auto-impuesto, había empezado a divertirse por primera vez en años.

Desafortunadamente, seducir hembras de cualquier raza y meterse en peleas por ello parecía ser la idea Narn de pasárselo bien.

¿Quién hubiera dicho que eran tan humanos en ese aspecto? Pensaba Lyta mientras G’Kar caía lanzado a su lado y chocaba con la cabeza contra la pared. Para un humano, ese hubiera sido un golpe devastador; para los Narn en cambio, con su piel moteada y fuerte como el cuero, y su estructura ósea flexible, casi como la de un gato, semejante impacto sería prácticamente como una caricia.

Pero Lyta sabía que no tenían tiempo para eso. Lo que no querían de ninguna forma era llamar la atención. Aunque a G’Kar podían no reconocerle por quien era, tan lejos de su hogar, a Lyta – con su brillante cabello rojo y sus rasgos aquilinos tan característicos, una cara que había sido pegada en pósters de “se busca” en todas las oficinas principales del Cuerpo Psíquico de este sector – sí que la reconocerían.

No es que hubiesen demasiadas humanas viajando con Narns precisamente. Tenía que parar la pelea sin llamar la atención. Hasta ese momento en ese pequeño bar – que era el “abrevadero” de Durk 3, una diminuta estación espacial comercial cerca de la Colonia Terrestre Omega – todos estaban pendientes de la pelea.

Mientras no hubiese otros telépatas en la habitación, y de momento no sentía a ninguno, podría actuar. Envió una sonda telepática, y tocó con cuidado la mente del guardaespaldas Kurlin. Le repelió la violencia absoluta que allí encontró, pero se abrió paso a las partes primitivas – a las partes aún  más primitivas, se corrigió – .Encontró el “interruptor” de encender-apagar que cerraría los conectores de las neuronas a los receptores nerviosos voluntarios. Pero no podía “apagarle” de golpe, pues entonces llamaría la atención por la presencia de una telépata entre los espectadores.

Esperó hasta que volvió a atacar a G’Kar, entonces cortó los impulsos situados a la derecha de su cuerpo. Sus piernas dieron un traspiés . Entonces cortó el resto de ellos cuando su cabeza golpeó el suelo. Los videoregistradores grabarían que el guardaespaldas tropezó, cayó y perdió el conocimiento.

G’Kar se levantó del suelo y la miró. Ella telepáticamente le dijo: “Tenemos que irnos”. Ahora.

Él asintió y salió rápidamente del bar, parando sólo para recoger su bolsa –que contenía su siempre creciente Libro de G’Kar – y empujar ligeramente al guardaespaldas con los dedos del pie, asegurándose de que no volvería a agarrarle. Después de que él se hubiera ido, Lyta esperó un momento, terminó su bebida y le siguió.

“¿Y a dónde te gustaría ir ahora, Lyta?”

G’Kar  se lo preguntó una vez estuvieron a salvo dentro de la nave, una pequeña nave exploradora compacta que G’Kar había comprado allá en B5 cuando quedó claro que  ninguno de los dos podría volver a sus respectivos mundos sin causar problemas para sí mismos y para los demás. Su alianza, nacida de la conveniencia y de la necesidad, había resultado ser extrañamente cómoda para ambos.

Mientras esperaban a ver qué les tenía reservado el universo, aprovecharon la ocasión para ver qué había por ahí fuera. Lyta tenía los recursos y G’Kar tiempo. Y ahora era el turno de ella de elegir el próximo destino.

Ella se paró a pensar. Mientras estaban en Durk 3, había oído rumores sobre un mundo colonial en el sector 843 establecido hacía mucho tiempo por telépatas de varios mundos. El sueño de crear un hogar para telépatas era una de las metas que ella se había impuesto desde que su amante, Byron, había muerto persiguiendo ese sueño hacía casi un año. G’Kar no lo aprobaría, claro; él la había invitado a esta pequeña excursión entre las estrellas porque creía que ella necesitaba redescubrir su propia humanidad antes de poder ayudar a su gente ... pero ella no tenía por qué explicárselo.

Después de todo, él tampoco le había advertido a ella acerca de la compañera del jefe ¿no?

“Sector ocho-cuatro-tres” dijo ella al fin.

“Ocho-cuatro-tres” dijo G’Kar y encendió los impulsores.

La pequeña embarcación –bautizada por G’Kar como la Na’Toth—emergió  de la estación espacial circular, y viró hacia la puerta de salto local, desapareciendo del espacio normal en el violento remolino que era el hiperespacio.

G’Kar calculó que tardarían ocho días en alcanzar el sector 843. Asintió con satisfacción. Eso le daría tiempo para trabajar en su libro. Desde la temprana – y no autorizada— publicación de su diario personal allá en su planeta, había decidido usar estos últimos capítulos para corregir algunos de los capítulos menos moderados, escritos anteriormente, cuando era un Narn mucho más furioso. Esos primeros capítulos estaban siendo utilizados para justificar todo tipo de ideas desagradables allá en casa, que suponían la superioridad Narn, y a él esa idea realmente no le interesaba.

Pluma en mano, se detuvo, recordando los acontecimientos de Durk 3. A veces se preguntaba si no estaba intentando con demasiada fuerza destruir la imagen de figura sagrada que  tantos de los suyos creían que él era. La mujer Kurla en realidad no le interesaba. Estaba intentando encontrar al Narn que una vez fue, no para convertirse en él  o recobrarlo, sino para crear un equilibrio en su propia vida. Si él en su pasado había sido más bien el –¿cual era la palabra que Lyta usaba? Ah sí— si él había sido más bien el pícaro, y si recientemente se había convertido más en el sacerdote, entonces quizá el encontrar el término medio entre los dos le permitiría crear un G’Kar que él y su gente aceptaran por igual.

Estaba a punto de empezar a escribir su revelación más reciente cuando la alerta de proximidad sonó en el Na’Toth. Típico, pensó, y volvió a los controles. Nadie entiende la necesidad de silencio e intimidad del escritor.

G’Kar estaba captando la imagen en el monitor de popa cuando Lyta apareció en la puerta del compartimiento principal. “¿Qué es eso?”

“Una nave” dijo G’Kar, comprobando los instrumentos. Levantaron la vista mientras la imagen de la embarcación que tenían a su lado, crecía en el monitor, emergiendo  del velo del hiperespacio.

El tipo de nave era uno que G’Kar había visto anteriormente, una embarcación humana de la clase Asimov, normalmente la poseían compañías de transporte comercial. Pero había una diferencia importante. Ésta mostraba un gran símbolo del Cuerpo Psíquico sobre su proa.

Miró a Lyta y vio como sus ojos se abrían más al verlo. El Cuerpo había estado persiguiéndola vigorosamente desde su partida de B5. Hasta ahora habían conseguido evitar ser detectados, pero parecía que eso iba a cambiar.

Según los scanners, la nave que se aproximaba estaba armada hasta los dientes. G’Kar llegó a la conclusión de que no podrían vencerla en una batalla y tampoco podrían superarla en velocidad.

Eso sería interesante, pensó, y sonrió. Nada sacaba lo mejor de G’Kar más que la perspectiva de una batalla imposible contra una fuerza aplastante.

Entonces se dio cuenta de que la nave no se aproximaba con la fuerza de los motores. Iba a la deriva, sus motores estaban fríos.

“Lyta” empezó, “está...”

“Lo sé”

La miró y recordó que el hiperespacio amplificaba las capacidades telepáticas. Intentó no pensar mucho en ello, porque la idea de que las capacidades de Lyta, intensificadas ya por los Vorlons, estaban siendo aumentadas aún más,  era casi insufrible.

“Sólo siento una mente a bordo” dijo ella. “Mal herida , casi muerta. Los demás...” y frunció el ceño.

“¿Muertos?” preguntó G’Kar.

“No. Una nave como esa debería tener una tripulación de cien o más. Pero no hay nadie más a bordo.”

“¿Lo investigamos?” Lyta dudaba. Aunque no era telépata, G’Kar podía ver que ella estaba sopesando el equilibrio entre la curiosidad y el miedo. Siempre existía la posibilidad de que fuera una trampa.

“Llévanos dentro” dijo Lyta por fin.

G’Kar sonrió mientras ladeaba los impulsores para poder introducirse en el puerto de atraque abierto de la nave estelar abandonada.

Los tacones de Lyta sonaban sobre el suelo metálico de la nave madre del Cuerpo Psíquico, el sonido rebotaba por el vestíbulo desierto. Era inquietante; la nave debería estar llena de movimiento, debería ser  una imagen imprecisa de actividad y ruido. Pero solamente se oía el sonido de sus tacones,  los pasos amortiguados de G’Kar, y su respiración.

Una comprobación de los monitores del sistema confirmó que la nave estaba operativa, y rotaba para repartir gravedad y aire, pero los motores se habían apagado después de dejar de recibir órdenes durante el tiempo de seguridad ,pensado para evitar que la nave se alejara demasiado del sistema de balizas que hacía posible navegar por caminos poco frecuentados del hiperespacio sin perderse.

El puente estaba en silencio total exceptuando los sonidos metálicos ocasionales de los instrumentos automáticos. Un Psico-agente con uniforme negro yacía en el suelo, apenas respiraba, su cara estaba desvaída y ojerosa. 

Lyta se agachó a su lado y entró en sus pensamientos. Sus ojos pestañearon y se abrieron, intentando enfocarla a ella. Si la reconoció, sus pensamientos no dieron ningún signo de ello.

Intentó hablar, pero no podía, tenía la garganta seca, los labios cortados y sangrantes, como si hubiese pasado varios días sin comer ni beber.

“No intentes hablar” le comunicó telepáticamente. ¿Qué ha pasado?

“El planeta” respondió él telepáticamente “no está en los mapas, el capitán lo investigaba, es horrible, horrible.”

“¿Y el resto de la tripulación?”

“Muertos ciento treinta de nosotros, muertos...”   Por fin encontró los ojos de ella. “Venga a los nuestros” le dijo telepáticamente. “Venga a los... “  Se había ido. Lyta  se retiró rápidamente, no quería seguir en sus pensamientos mientras moría. Sólo captó parte de ellos, la imagen de una especie de horizonte que parecía expandirse infinitamente.

Ella parpadeaba mucho, intentando expulsarle, y encontró a G’Kar mirándola fijamente. “¿Qué ha dicho?”

Se aclaró la garganta y se lo explicó, añadiendo, “Tenemos que encontrar los cuadernos de navegación de la nave, averigüemos dónde fueron.”

“¿Y vamos a ir dónde ellos fueron?”

“Sí. Ellos siguen siendo mi gente. Quiero saber qué los mató.”

“Bien, yo te puedo decir lo que mató a este” dijo G’Kar. “Murió de hambre. Y sin embargo los almacenes de la nave están llenos de comida. ¿Cómo se puede morir de hambre en una nave cargada  de comida?”

“No lo sé” dijo Lyta, y tenía esa mirada en sus ojos. “Pero tengo la intención de averiguarlo.”

El planeta era un mundo verde y marrón sin signos evidentes de tecnología y sin ciudades o luces visibles que pudieran verse desde una órbita baja. Habían dejado a la nave madre del Cuerpo Psíquico a la deriva en el espacio, habían ajustando los controles para que se alejara de la baliza guía y entrara en lo profundo del hiperespacio, como monumento a aquellos que habían muerto.

“¿Alguna señal?” preguntó Lyta.

G’Kar buscó a lo largo y ancho del abanico de frecuencias. “Silencio absoluto” dijo. “Voy a bajar.”

La Na’Toth encendió sus impulsores de aterrizaje y desaceleró al entrar en la atmósfera del planeta. G’Kar pilotó la nave entre las turbulencias, que se fueron reduciendo conforme iban saliendo de un espeso banco de nubes. Un llano amplio y plano apareció –un punto de aterrizaje perfecto—. Posó la pequeña nave abajo en campo abierto con un mínimo de sacudidas.

Después de comprobar la atmósfera y asegurarse de que era respirable, salieron por fin al terreno. Estaba rodeado por todos los lados por espesos bosques, los altos árboles eran de un tono de verde tan oscuro que  casi eran negros. El viento era el único sonido que flotaba hacia ellos .

Lyta dejo que sus pensamientos se acercaran hasta la línea de árboles, intentando sentir cualquier mente que pudiera estar observándoles. No encontró nada.

“Es seguro” dijo. “Al menos por ahora.”

“En realidad, no es ‘por ahora’,” dijo G’Kar. “Quizá deberías decir ‘por aquí’, en este lugar, eso sería mejor, ya que parece que no hay nadie en los alrededores. Si vamos donde hayan otros, tanto si es ahora como si es después, entonces no será seguro. Sí... ‘por ahora’ sirve superficialmente, pero ‘por aquí’ sería mucho más adecuado –“

Pero Lyta ya estaba caminando campo a través, pistola en mano, mirando a izquierda y derecha. G’Kar sonrió. Algunos hábitos eran difíciles de cambiar. ¿Para qué necesitaba un arma alguien como Lyta, cuando ella misma era el arma?

Se movió con rapidez para seguirla, esperando otra oportunidad de discutir nimiedades semánticas con Lyta; conseguir esa mirada de ella era la mitad de la diversión de todo el viaje.

Entraron en el bosque, y los árboles parecían cercarles a su paso. No se veía ningún sendero, así que tuvieron que pasar entre las espesas raíces y enredaderas que crecían tan cerca unas de otras que a veces sólo podían caminar en fila india.

Los informes que encontraron en la nave madre del Cuerpo Psíquico indicaban que el piloto se había encontrado con este mundo por casualidad, y que éste no estaba en ninguno de los mapas conocidos. Las primeras lanzaderas que habían descendido habían requerido  a las restantes, hasta que pronto todas estuvieron aquí abajo, dejando a la nave funcionando con el piloto automático hasta que un telépata moribundo consiguió volver solo.

Pero hasta el momento G’Kar no había visto nada que pudiese interesar lo más mínimo... ninguna ciudad, ninguna persona, y ninguna señal de los ciento y pico telépatas humanos que habían venido aquí y, presumiblemente, habían muerto aquí.

“¿G’Kar?”

Salió de su ensimismamiento y se dio cuenta de que había perdido de vista a Lyta. Miró a su alrededor para encontrar el origen de la voz.

“¿Lyta?”

“¿G’Kar?” La voz volvió de nuevo, pero más débil esta vez, más distante. Corrió hacia el sonido, llamándola por su nombre. Pero no la veía por ninguna parte. “¡Shrock!”  Pensó G’Kar. Se maldijo a sí mismo por perderse  tanto en sus pensamientos que la había perdido a ella de vista. Creía que  podía cuidarse sola bajo cualquier circunstancia, probablemente mejor que él mismo, pero... Se paró al oír el sonido de una voz. Le llamaba, no en una lengua alienígena, sino en su propia lengua.

“¿Quién eres?” le preguntó la voz.

“El Ciudadano G’Kar de Narn” respondió él. “¿Quién eres tú?”

Una forma salió de entre la línea de árboles, un Narn como él. “Ka’Dath” le contestó. “Nos honra tenerte entre nosotros, Ciudadano G’Kar.”

Lyta volvió a llamar a G’Kar otra vez, pero no vino ninguna respuesta del bosque que se apiñaba en torno a ella. Escaneó la zona, pero no pudo siquiera captar el susurro de sus pensamientos.

Maldita sea, pensó. ¿Cómo podía haberse alejado tanto que ni siquiera le sentía, y ni siquiera tenía una línea clara de visión?

Se movió entre un espeso grupo de árboles y se paró al ver a varios humanos –dos hombres jóvenes y una mujer—trabajando en una pequeña parcela de tierra que quizá se convertiría en un jardín. Levantaron la vista cuando ella se aproximaba.

Uno de ellos tocó sus pensamientos. ¿Has vuelto para llevarnos de vuelta? Le preguntó él.

“No”  respondió ella telepáticamente.

Allí estaba él de pie,  se le unieron los demás. “Entonces estás invitada a quedarte.”

“¿Qué es este lugar?”

“Nuestro hogar” respondió la mujer telepáticamente. “La libertad. Un mundo propio por fin. Nuestro hogar.”

G’Kar penetró en una zona  de pequeñas cabañas que habían sido construidas en lo profundo del bosque, y entendió en seguida por qué no los habían visto desde la órbita. Estaban construidos de material nativo y se hallaban cuidadosamente camuflados para ocultarles a los ojos de los curiosos. Al entrar en el pueblo pasaron al lado de otros Narns que salían de las cabañas y de la línea de árboles de alrededor para estudiar al recién llegado.

“¿Qué hacéis todos aquí?” preguntó G’Kar a su compañero.

“Somos los únicos supervivientes de una nave Centauri de esclavos que chocó aquí hace tres años.” Dijo Ka’Dath. “Construimos este lugar entre la tierra virgen  esperando que un día nos encontrarían y nos llevarían de nuevo a casa, para poder unirnos a la lucha para liberar a Narn.”

“Narn es libre” dijo G’Kar. “Hace dos años que echamos a los Centauri de nuesto hogar. Ahora estamos en paz.”

“Paz” dijo Ka’Dath, como si no estuviera dispuesto a creerlo, “¿es posible? Después de tanto tiempo...”

“Posible y real” dijo G’Kar. “Yo fui...”  Pero se detuvo, eligió no decir que  yo fui el responsable. Ayudé en el plan para matar al emperador Centauri Cartagia y derrocar al gobierno Centauri,  aunque todo eso era cierto. Había llegado muy lejos para evitar ese tipo de atención. “Yo estaba allí cuando todo eso ocurrió” dijo.

“Bendito sea G’Quan” dijo Ka’Dath. “El anciano estará complacido.”

“¿El anciano?”

“Sí.  Es a él a quien te llevo a ver” le dijo, y le señaló una cabaña en el centro del poblado, más grande que las demás.

“Después habrá una fiesta en tu honor. Por traernos estas noticias, por ofrecernos la oportunidad de volver a casa, serás aclamado como héroe.”

G’Kar se estremeció. ¿Era esta su suerte, ser elevado para siempre más arriba de lo que el sentía era su lugar? ¿Es que la gente en esos días tenía tanta facilidad para encontrar héroes que elegirían a alguien sólo por tropezar por casualidad con sus vidas?

Cada vez que pensaba que entendía el universo, este hacía algo así con él. Y quizá, esa era la cuestión, pensó.

“Además de tu gente, ¿hay alguien más aquí?” preguntó mientras se aproximaban a la cabaña del anciano.

Ka’Dath pareció dudar antes de contestar. “No me sorprendería” respondió.

Lyta salió a un claro donde habían sido erigidas unas cabañas semicilíndricas improvisadas, cuyo brillante plastiacero blanco y ondulado reflejaba la luz del sol. Identificó a Drazi, a Centauri y a otras razas además de a los humanos. “¿Son todos ellos telépatas?” preguntó.

Su compañero asintió. De camino a allí había dicho su nombre, era Samuel.

“¿Y cómo conseguís convivir?”

“Respetando la intimidad de los demás. No hay escaneos sin autorizar aquí, y no porque se nos prohíba por ley o reglas, sino porque nos respetamos. Este es un lugar donde los telépatas de todos los mundos pueden reunirse y estar seguros.”

“¿Qué pasó con la tripulación de la nave madre del Cuerpo Psíquico que vino aquí?”

Él se detuvo. “¿Sabes algo sobre eso?”

“La encontramos flotando muerta en el hiperespacio.”

Él asintió de nuevo. “Se enteraron de que esto era un santuario contra la clase de persecución que el Cuerpo representa, y vinieron aquí para llevarnos con ellos a la Tierra.”

“¿Qué ocurrió?”

“Nos resistimos. Y cuando los otros de a bordo vieron lo que teníamos aquí, la clase de vida que habíamos creado para nosotros, la mayoría de ellos se nos unieron.”

“El superviviente que encontramos dijo que este era un lugar terrible. Dijo que toda su tripulación había muerto.”

“La libertad siempre es horrible para aquellos que imponen su voluntad sobre los demás. Como te he dicho, la mayoría de ellos se nos unieron. Los demás decidieron ir por su cuenta, creyendo que igual que nosotros estábamos aquí, debía haber otros también. Esperaban encontrar otro grupo al que alistar a su causa. Lo último que he sabido de ellos es que se estaban quedando sin provisiones y que se habían perdido.

“El superviviente que encontrasteis dijo lo que dijo probablemente sabiendo lo fácil que sería creer una historia como esa.”

Dirigió su mirada hacia ella, vio la expresión en su cara, vio que ella le había creído de verdad. Sonrió. “Algunos de los que se nos unieron están ahora cazando por ahí, pero encontrarás a casi todos los demás aquí. Te confirmarán lo que te he dicho si tienes cualquier duda.”

Ella le sonrió. “No es que dude de ti, Samuel,” dijo. “Es que nunca antes había oído que una nave entera del Cuerpo de telépatas se cambiara de bando de esta forma.”

“Eso significa que puede haber ocurrido y que tú simplemente no lo hayas oído nunca... o que el mundo que hemos construido para nosotros es más atractivo de lo que nunca imaginamos.”

“Quizá sea eso” dijo ella, mirando a su alrededor. Este era el tipo de entorno que había soñado crear para su gente, un lugar de seguridad y respeto mutuo. Nadie allí llevaba distintivos del Cuerpo, ni guantes, ni eran obligados por los normales a realizar ningún trabajo de esclavo.

“Otra cosa” dijo. “Iba con un compañero cuando aterricé, un Narn. Su nombre es G’Kar. Nos separamos en el bosque. Hemos pasado mucho juntos, y odiaría perderle ahora, si pudierais enviar un grupo de reconocimiento para buscarle....”

“Por supuesto” respondió él. “Estoy seguro de que aparecerá. Mientras tanto, ¿te apetece comer algo? Debes estar hambrienta después de caminar tanto.”

Una bandeja de comida fue colocada ante ellos.

G’Kar estaba sentado frente a la plataforma donde el anciano medio tumbado medio sentado examinaba a su invitado.

“No comes, Ciudadano G’Kar” dijo

“Cuando sea el momento” respondió G’Kar.

“Tienes preguntas.”

G’Kar sonrió. “Las preguntas son todo lo que estoy condenado siempre a tener, parece” dijo. “Nada me complacería más que dar con una respuesta de vez en cuando, pero eso no parece ser una posibilidad real.”

“Entonces quizá tu finalidad sea ser una respuesta para otros, y no conseguir respuestas de los demás.”

“No lo entiendo.”

“Como el más anciano de entre nosotros, he dirigido a nuestra gente desde que fuimos liberados del cautiverio por el choque de la embarcación Centauri. Pero no estoy bien; No creo que sobreviva al próximo invierno.”

“Lo siento.”

“No lo sientas. Mi único pesar es no haber encontrado todavía a alguien que pueda dirigir a mi gente, que les guíe para crear aquí un nuevo mundo para ellos.”

“¿No queréis volver a Narn?”

“Al principio, eso era en lo único en que soñábamos. Pero realmente, siempre seremos un blanco para nuestros enemigos, que sólo sueñan con nuestra eventual extinción. Sería nuestra venganza definitiva, crear una colonia completamente desconocida para todos, para que si un día nuestra gente es atacada de nuevo –si nuestro mundo cayera—nuestra raza pudiera resurgir de sus cenizas aquí en este lugar secreto y  luchara para reclamar nuestro hogar y vengar a nuestra gente.”

G’Kar sonrió y se detuvo. Cogió una extraña fruta de la mesa y la examinó durante lo que pareció un largo espacio de tiempo, hasta que por fin habló. “Sólo tengo una pregunta” dijo.

El anciano le sonrió. “¿Sólo una?”

“Sí” contestó G’Kar, y fijó su mirada en el anciano esperando que ésta penetrara lo que hubiera entre él y lo que estaba mirando realmente. “¿Quién eres tú?” preguntó. “¿Quién eres tú- de verdad?”

“... y eso es lo último que hemos sabido de nuestra nave.”

El hombre que hablaba se identificó como Nathan del’Compte, primer oficial de la nave madre del Cuerpo Psíquico que habían encontrado muerta en el hiperespacio. Tenía el uniforme (ahora guardado en una caja bajo la tosca cama de madera) y los documentos que lo demostraban.

Otros se habían reunido unos frente a otros en la cápsula vital modificada que usaban como sala de reuniones, cada uno confirmaba la historia de los otros; tal como Samuel había prometido. Hasta ese momento el lugar parecía ser todo lo anunciado, y sin embargo había algo que la inquietaba. Quizá era el modo en que sus historias se corroboraban unas a otras con tanta precisión. Pese a todas sus capacidades, los telépatas no eran más perfectos o coherentes que los mundanos; veían las cosas de modos diferentes, en momentos diferentes, e interpretaban esas cosas de modos especialmente personales.

Sin embargo todas las historias que le habían contado desde su llegada tenían una curiosa similitud... como si hubiesen sido preparadas, o...

Frunció el ceño y mordió otra de las frutas de aspecto exótico que había en el bol frente a ella. Era deliciosa, pero se sentía algo menos hambrienta que cuando comió la primera. Sin embargo ese era un tema menos importante, algo aquí no tenía sentido, y no podía señalar exactamente qué era.

“Sabes qué hacer”  se dijo a sí misma. “Lo único que puedes hacer.”  Sacudió la cabeza. Que no pudiera hacerlo no era la cuestión; no quería hacerlo. Pero  bajo estas circunstancias, no veía otra solución.

Con sus capacidades intensificadas por los Vorlon, Lyta podía tocar la mente de cualquier otro telépata, incluso la de un P12 y no dejar rastro de haber siquiera estado allí.  Pensar eso no la animó. Ese lugar, si era lo que parecía, personificaba todo aquello en lo que ella creía, todo aquello por lo que ella creía que estaba luchando... un lugar donde la intimidad de todos los telépatas se respetaría. Para conseguir la información que necesitaba, tendría que violar esa intimidad. El que ellos no se dieran cuenta de lo que pasaba no era la cuestión; ella sabía que lo estaba haciendo.

No le gustaba. Pero era necesario. Pensó: “Es gracioso lo rápido que se rebaja uno, y desaparece entonces el Paraíso a la vista de la conveniencia personal.”

Odiándose a sí misma por hacerlo, alcanzó a tocar los pensamientos del hombre que acababa de terminar de hablar. Sólo un suave escaneo superficial...

Retrocedió después del contacto . ¡No había nada! Pero eso era imposible, era ....

Él se dio la vuelta, cruzó su mirada con la de ella, y de repente el esquema mental apareció en sus pensamientos, como si volviera a encender un interruptor de luz. Pero ni siquiera un telépata muy bien entrenado podía simplemente encender o apagar sus esquemas neurales de esa forma. No estaban ahí y de pronto sí que estaban allí.

Y cuando captó la impresión de su mente, se dio cuenta de algo más: le era familiar.

Toda huella mental es tan única y característica como la huella dactilar, no había dos zonas iguales. A los telépatas les enseñan a reconocer dichas pautas inmediatamente  para así poder encontrarse en grandes aglomeraciones, y también para detectar  enemigos potenciales.

Pero el esquema que detectó en esa nueva mente era idéntica a la de la mente de Samuel.

Al ampliar el sondeo, sintió como los esquemas mentales se correspondían con los de todos los que estaban en la habitación. Todos iguales. Idénticos. Una mente. No muchas mentes. Una Mente.

Encontró la cara de Samuel entre la multitud. “¿Quién eres?” dijo ella. “¿Quién eres?”

“Creo que no entiendo lo que dices” dijo el anciano.

“Claro que sí” respondió G’Kar. “Para cualquier Narn, no hay mayor imperativo que la necesidad de volver a casa. Es comprensible que un forastero,  aunque bien informado –telepáticamente; ¿quizá?—no supiese eso. No está en nuestra historia, no es algo en que solamos pensar –es quién y qué somos. La necesidad de volver a casa está en nuestra sangre y en nuestros huesos y en nuestra naturaleza emocional.

“Un verdadero Narn nunca diría lo que acabas de decir tú, nunca decidiría olvidar nuestro hogar, y jamás concedería siquiera la posibilidad de la extinción. Por lo tanto, aunque tienes el aspecto de un Narn, no puedes ser un Narn. De todo esto sólo puedo concluir que lo que estoy viendo... no es lo que parece. Y si no eres lo que pareces, entonces debo preguntarme qué más del resto es real. Esta habitación, esta mesa, quizá incluso la fruta, que creo que sostengo con mi mano... pero que es casi seguro que no existe al igual que tú.”

El anciano –o lo que le parecía que era el anciano—le observó en silencio durante un momento antes de hablar. “No pareces preocupado por esa conclusión tuya.”

“¿Preocupado?” No. ¿Alarmado? Sí. Me pregunto cuántos vinieron antes que yo, cuántos otros vieron  lo que tú querías que vieran, comieron lo que creían que era comida nutritiva y que en realidad no existía... haciendo que murieran de hambre sin siquiera darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.”

El anciano se levantó, sus miembros que antes parecían débiles eran ahora fuertes. Se aproximó a G’Kar y buscó su mirada. G’Kar no la esquivó. “Eres un Narn extraordinario” le dijo.

G’Kar se encogió de hombros. “Eso me dicen”

“En el tiempo en que he existido, pocos han descubierto lo que tú acabas de descubrir, y sólo ha sido en los últimos momentos de sus vidas. Eres el primero que ...”

Entonces miró hacia otra parte, parecía estar concentrándose en algo que había lejos de allí. “—sí, el primero, pero ahora hay otro que también lo esta descubriendo, no muy lejos de aquí. Tu compañera.” Volvió a mirar a G’Kar. “Quizá haya sido una buena cosa. Pues de vosotros dos sabré lo que hice mal y que os permitió descubrir lo que ocurría con tanta rapidez.”

“Ya he sido maestro antes, estoy seguro que puedo servir de ayuda” le dijo G’Kar. “Sin embargo, Lyta puede no ser tan dócil.”

“Ya veremos” respondió el anciano. “Es extraño, encontrarse con otra mente abiertamente, y ... hablar. Aunque sea sólo por poco tiempo.”

“¿Por qué por poco tiempo?”

“Porque no importa hacia donde vaya nuestra conversación –y no te equivoques, estoy deseando saberlo—ninguno de vosotros dos saldrá vivo de aquí.”

“Quizá” dijo G’Kar. “Pero hasta entonces, si quieres aprender de mí, primero tendré que aprender yo de ti. Así que volveré a preguntarte: ¿Quién o qué, eres tú?”

Tan pronto como ella  formuló la pregunta, los otros telépatas –o lo que parecían ser telépatas—se quedaron en silencio. Ella barajó todas las posibilidades. “Es imposible que dos personas tengan las mismas huellas mentales. Por lo tanto  no pueden existir. Por lo tanto estoy viendo algo que no existe.”

Cerró los ojos y por primera vez fue consciente de la leve presión telepática en la base de sus terminaciones nerviosas ópticas, táctiles y auditivas, y que enviaban señales falsas a sus cerebro. Cerró los impulsos engañosos y abrió los ojos.

La habitación estaba vacía.

Cerró los ojos y buscó el último de los impulsos, escondidos expertamente para cualquier detección, y volvió a abrir los ojos.

La habitación había desaparecido.

Se encontraba dentro del bosque, las ramas altas formaban una amplia bóveda sobre ella. Frente a ella  se hallaban diseminadas las carcasas oxidadas de lanzaderas y naves personales de cientos, quizá miles, de mundos. Habían quedado revestidas de malas hierbas y cubiertas de hojas. Algunas de las enredaderas  habían dejado marcas en la suciedad donde habían sido utilizadas para remolcar –o habían remolcado—las naves hacia el interior, donde no pudieran ser vistos desde la órbita.

Las lanzaderas más recientes, todavía nuevas y lustrosas, llevaban símbolos del Cuerpo Psíquico.

Lyta se sintió triste por la multitud de pasajeros –ahora todos desaparecidos—que una vez ocuparan estas embarcaciones, pero rápidamente desechó ese pensamiento. Se dirigió hacia las naves y entonces oyó movimiento entre los árboles a lo lejos.  Al mirar, animales, pájaros e insectos de todas las formas y descripción parecieron manar de entre las sombras. Se arrastraban, saltaban, se deslizaban, acechaban y salían galopando del bosque, reuniéndose, totalmente en silencio, y mirándola a ella directamente con una inteligencia fuera de lo común.

Ella les escaneó desde una distancia.

Todos registraban la misma huella mental.

No, se corrigió a sí misma, no eran cientos de criaturas con la misma huella, sino la misma huella que cubría sus esquemas neurales. Las palabras de sus primeros días  de entrenamiento con los Psico Agentes le vinieron a la mente, un fenómeno sobre el que se solía hablar en la Academia pero que raramente se encontraba en el mundo real: una mente colectiva.

“Yo soy este mundo” dijo el anciano.

“No es posible” respondió G’Kar. “Los planetas no son criaturas inteligentes.”

“¿No? Quizá no el suelo, o el metal, o las moléculas que los forman, pero ¿y qué hay de las formas de vida en sí? ¿La rama y la hoja, la pata y la garra?”

“No hay ningún recuerdo entre nosotros, ni siquiera entre los más viejos, que nos explique cómo ocurrió. Algunos que vinieron aquí hace mucho y descubrieron nuestra naturaleza tenían sus propias ideas sobre ello. Creían que en un tiempo muy lejano del pasado, empezaron a  producirse enlaces entre todas las formas de vida aquí. ‘Tele-simbiosis’ la llamaron. Individualmente, ninguno de aquellos que viven en este lugar son inteligentes, en el modo que tú lo entiendes. Pero de forma colectiva, hay una mente de grupo, un flash de conciencia que une a todas las formas de vida aquí en una gran entidad que, un día, hace mucho tiempo.. despertó.”

“El nuestro es un trabajo de paz y cooperación incomparable. La flor le dice al insecto cuándo es el momento más adecuado para la polinización; el animal herido llama a los carroñeros cuando está a punto de morir para que su cuerpo no se desperdicie. Somos uno.

Pero de vez en cuando a lo largo de los años, otros vinieron, otros cuyas intenciones no eran pacíficas. Destruirían la tierra, arrasarían los bosques, matarían a los animales. Respondimos haciéndonos más fuertes, hasta que pudimos imponer la presión tele-simbiótica sobre aquellos que venían. Se perderían en la ilusión, como casi te ocurrió a ti, y acabarían muriendo de hambre. Sus cuerpos serían  trasladados a zonas que necesitaran ser  fertilizados, para servir al gran yo.

Es más fácil para nosotros tratar con los tuyos de esta forma”  le dijo el anciano. “Pero tenemos otros medios a nuestra disposición.”

Lyta miró a su alrededor. Habían ahora miles de criaturas poniéndose en posición por todas partes. Incluso armada, sabía que sólo podría deshacerse de unos cuantos de ellos. Si golpeaban en un ataque coordinado, sería aplastada sin remedio. Mordida, golpeada y pisoteada hasta la muerte.

Sentía como se preparaban para atacar, sentía la creciente agitación en sus pensamientos unificados.

No había adonde correr, donde esconderse, y prácticamente no le quedaba tiempo.

Pero no le faltaban ideas.

Cerró los ojos de nuevo y se concentró. Las mentes colectivas parecían algo casi sobrenatural, pero siempre había un elemento central en algún lugar. Los pensamientos no nacían de forma aleatoria; tenían que empezar en algún lugar. Visualizó las estructuras  de pensamiento de las formas de vida a su alrededor y se centró en  averiguar su origen, el principio del pensamiento.

“Venga, maldita sea, céntrate.” Los Vorlons la habían cambiado, habían mejorado sus capacidades hasta un extremo que ni  siquiera ella entendía del todo. “Puedo hacerlo.”

“Otra cosa” dijo G’Kar, intentando ganar tiempo. Si la entidad podía sentir a Lyta en movimiento, entonces ella debería estar preparada para actuar. Seguramente sería de ayuda si él podía distraer a la entidad y así mientras lo hacía... podría aprender algo.

“¿Qué hay?” le preguntó el anciano.

“Una pregunta. Desde el nacimiento de la historia escrita, mi raza y todas las demás se han esforzado en entender el universo, en descubrir el significado final de nuestras vidas. Tú tienes una ventaja –tú puedes aportar la conciencia colectiva unificada de un planeta entero a este proceso. Así que pregunto. ¿Habéis solucionado esa cuestión? ¿Habéis tocado lo desconocido?”

“Yo...  “  El anciano se detuvo, y pareció perder su concentración. Entonces se deshizo de la distracción. “Sí, lo hemos hecho. Cuando fuimos conscientes, ese fue nuestro primer pensamiento: ¿Quiénes somos?¿Y de dónde venimos? Necesitábamos definirnos en el universo.. Así que, sí, nos hicimos esa pregunta, y después de años de meditar mucho sobre esa cuestión, finalmente recibimos una respuesta. Conocemos el significado de todo esto, la importancia de...

El anciano volvió a detenerse. Miró a G’Kar. Abrió más los ojos “la otra...”

“¿Lyta?”

A Lyta le vino la imagen a la mente:  Enterrados en lo profundo de la corteza superior del planeta, una  especie de bacterias, una forma de vida microscópica que tenía todos los rasgos de neuronas individuales.. evolucionó con las demás formas de vida nativas, las infectó a lo largo de millones de años, creó un ciclo vital simbiótico, sentó raíces en sus propios circuitos nerviosos. Hasta que alcanzaron una especie de masa crítica, hasta que respondían y eran controlados por la biomasa neural superior.

Había kilómetros y kilómetros de materia bacteriana enredada muy por debajo de la superficie, donde hacía calor, y humedad y había seguridad.

Corrección: donde “eso” creía que estaba seguro.

Ella golpeó con un ataque telepático masivo. Sintió como la mente colectiva se revolvía ante su ataque, sintió como luchaba por contrarrestar sus intentos para desorientarle y hacer trizas su estructura neural. “Eso” no estaba preparado –nunca había pensado que podría ser atacado de ese modo.

Con los ojos cerrados, oyó como las criaturas se desbandaban hacia ella, impulsadas por el miedo. Matadla, matadla, hacedlo ahora.

Se arrodilló, cavó con los dedos entre la suciedad, y penetró en la tierra dura con sus pensamientos. Sudaba, se agitaba, pero se negaba a perder el conocimiento. Rompe sus enlaces nerviosos, sobrecarga sus circuitos neuronales falsos, neutraliza las transmisiones electroquímicas, rompe, sobrecarga, neutraliza, rompe, sobrecarga, neutraliza.

Muy por debajo, algo masivo y húmedo empezó a quebrarse.

La oscuridad avanzó hacia arriba, se elevó detrás de sus ojos.

En su mente, un planeta gritaba.

Cuando abrió los ojos de nuevo, G’Kar la vigilaba. Habían vuelto a bordo de la Na’Toth, y ella estaba cubierta de biosensores. Intentó incorporarse, pero bajo ella el mundo se movía arriba y abajo.

“No te muevas,” le dijo él. “Te encontré en el suelo y te traje de vuelta. Tu corazón se paró por unos instantes, y creía que no ibas a volver.”

“...los animales..”  Su voz era débil, un suspiro. Su cabeza palpitaba y sentía en la boca el gusto a cobre de la sangre. Debí reventarme una vena, pensó con aire despreocupado.

“Estaban dando vueltas sin rumbo cuando te encontré. Sea lo que sea lo que les unió, ya no está. ¿Puedes decirme lo que pasó?”

Entre pequeños sorbos de agua, ella se lo dijo.

G’Kar digirió la información durante unos instantes antes de decir, “¿Mataste un planeta entero?”

“Realmente me fastidió”, dijo, y entonces se encogió de hombros. “Maté al cuerpo principal de la biomasa tele-simbiótica, pero no sueño con haberlo conseguido del todo. Volverá a constituirse en masa crítica con el tiempo, pero le llevará siglos poder ejercer la suficiente influencia como para reorganizar una nueva mente colectiva planetaria a la misma escala que hemos visto aquí.”

Entonces ella le miró. Dolía. “Podía sentir como, hacia el final, tú hablabas con la entidad,” le dijo. “Me ayudaste a poder entrar al distraerle. No sé lo que le preguntaste, pero tiene que haber sido una leche de pregunta, porque prácticamente toda la entidad estaba pendiente de ella. ¿Qué era?”

“Oh... nada importante” le respondió él, intentando evitar lo que Lyta sospechaba era una sonrisa irónica. “Nada importante en absoluto.”

Y con eso, él se dio la vuelta, se fue hacia la cabina y encendió los motores.

Durante los siguientes minutos, los únicos sonidos en la nave fueron el rugido de los motores, y G’Kar en el compartimiento de delante... riéndose.

FIN